Alrededor de la Cruz de Cristo hay una historia, una leyenda, un culto, una iconografía.
No vamos a profundizar ahora en ello, a pesar de que es bastante interesante, pero lo cierto es que, tras la crucifixión de Jesús y su posterior Ascensión al cielo, la devoción se volcaría con la mayor reliquia, el lugar donde Cristo fue martirizado y murió por la salvación del mundo: La Cruz.
Pero, ¿por qué el 14 de septiembre se celebra la exaltación de la Santa Cruz?
Muy brevemente, el 14 de septiembre de 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla, madre del emperador Constantino, tras ir a Jerusalén en su búsqueda, finalmente encontró la Cruz en que murió Jesucristo. Allí se levantó y consagró la basílica del Santo Sepulcro, el 14 de septiembre de 335.
Posteriormente, en el año 614, el rey Cosroes II de Persia invadió y conquistó Jerusalén, llevándose como trofeo la santa reliquia. Pero en el 628 el emperador Heraclio recuperó la Cruz y la devolvió a Jerusalén. El 14 de septiembre, el emperador entró en la Ciudad Santa cargando él mismo con la cruz.
Pero la Cruz no es la única reliquia de veneración, aunque sí la más importante. A ella se le unen las Arma Christi, los instrumentos de la Pasión de Cristo. En el siglo XIII únicamente se contaban en total 6: la corona de espinas, la columna y las varas de la Flagelación, la cruz, los clavos, la esponja y la lanza de la transfixión. Sin embargo, se fueron añadiendo más y ya en siglo XV podíamos encontrar también las treinta monedas de Judas, el farol de Malco y su oreja pegada la espada de San Pedro, una cabeza escupiendo, el gallo de la negación de San Pedro, el aguamanil y la jofaina del Lavatorio de pies, la mano que abofeteó a Cristo, las manos de Pilato, el velo de la Verónica, la túnica sin costuras, los dados con la que la echaron a suertes, el martillo que se utilizó para hundir los clavos, o la escalera del Descendimiento de la Cruz.

Foto: RC Proyectos Culturales
Esto es lo que vemos en esta obra que no es otra que, un detalle del cuadro de San Miguel triunfante o de Ánimas, de la iglesia de San Mateo de Tarifa, fechado en 1635 y que habíamos atribuido en su día a Alonso de Moya.
En su mitad superior contemplamos esta escena en la que vemos la Cruz en el centro de la composición con el Titulus Crucis o INRI, sujetada por un ángel a la vez que otro sostiene los 3 clavos y el martillo. Orando de rodillas y flanqueando la Cruz se encuentran la Virgen y, posiblemente San Agustín.
A la izquierda, ángeles sosteniendo el “vera icon” del rostro de Jesús, el aguamanil y la jofaina, la columna donde Cristo recibió los azotes, y la corona de espinas.
En el lado derecho los ángeles portan las tiras de metal y estrellas con las que Jesús sufrió la flagelación, la escalera usada para descender su Cuerpo, y el último sostiene la caña con la esponja y la lanza.
¿Por qué vemos todo esto en una escena de ánimas en el purgatorio? Porque la salvación, la vida y la resurrección proceden del misterio de la Cruz.
Podemos leer en el Evangelio de Juan: Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. (Jn. 3, 13-17)
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