Las tasaciones son vitales en el mundo del arte. Quizás puedas pensar que eso sólo es para coleccionistas o personas adineradas.
Pueden existir diversidad de motivos por los que he tenido la ocasión de tasar alguna pieza. En numerosas ocasiones son asuntos de herencias; en otras es por mudanza del cliente a otra localidad o vivienda más pequeña; otras simplemente porque el objeto en sí ya no les atrae o nunca les gustó, otras para tenerlo en cuenta a la hora de contratar un seguro de hogar, impuestos, donativos… pero lo que no podemos negar es que al final, intentamos saber su valor.
Asimismo y, por distintas razones, hoy muchas personas quieren aproximarse a su valor con el fin de venderlo, ya sea en alguna de las incontables plataformas que encontramos actualmente en el mercado a través de internet, o en alguna reconocida casa de subastas…
Siempre que he podido tasar un bien, he sentido que estoy participando de su historia. Porque la tasación va mucho más allá de un simple valor económico, aunque sea, no nos engañemos, lo que más llame la atención o nos interese. Sin embargo, existen otros valores que, en ocasiones están escondidos por desconocimiento.
¿Quién sabe? Lo mismo podemos tener delante lo que, hasta ese momento era una simple pintura antigua, y encontrar tras su investigación que en realidad es una obra de arte que podemos elevar incluso a categoría de Bien de Interés Cultural (BIC).
